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25/05/15
¿Por qué mentimos?

Más vale ser vencido diciendo la verdad, que triunfar por la mentira”
Mahatma Ghandi

El hombre, en la figura de Adán y Eva, inicia el camino de la mentira  cuando desobedece la voz de Dios. En ese momento rompe su armonía, orden, equilibrio.

A partir de este hecho  la naturaleza humana queda herida, esto significa que aunque cada persona tiene una conciencia que le indica el bien y el mal, le resulta costoso y le requiere un esfuerzo mantenerse en el bien.
El problema estriba en que el hombre olvida y se resiste a tomar su lugar de creatura y a darle a Dios su lugar de Creador, obedeciendo sus leyes.
Algunas personas justifican decir algunas mentiras a las cuales llaman piadosas por comodidad o por hacer sentir bien a la otra persona, estas mentiras, aunque se llamen piadosas, no dejan de ser mentiras. Por ejemplo, se puede negar  que se esta en casa  para no contestar una llamada telefónica por comodidad o decirle a alguien que se ve bien, cuando no es así realmente.

Cuando hay mucha rigidez en la educación,los hijos pueden empezar a mentir por miedo. Lo ideal es ejercer una disciplina con amor, aceptación y valoración. Todo esto favorece la seguridad y autoestima de los hijos.

La persona que  miente tiene de base una baja autoestima, y una gran necesidad de ser aceptado, reconocido. Por lo que muchas veces al no aceptar su realidad histórica y actual busca modificarla con el fin de mostrar una mejor presentación de sí mismo,  por vanidad,  presenta una realidad socioeconómica, familiar o intelectual diferente, para conseguir sus objetivos, conquistas amorosas, beneficios laborales, etc. En el fondo busca llenar su vida de vacío, de carencias.

También hay personas que han hecho de la mentira un estilo de vida,  de forma compulsiva y muchas veces terminan inventando muchas más, para sustentar la primera.

La primera persona afectada es el mentiroso, tiene que hacer un esfuerzo muy grande para sostener sus mentiras. También está comprobado que hay una transformación  en el cerebro del mentiroso compulsivo, en la parte del lóbulo frontal hay más sustancia blanca que gris, en la parte gris es donde se da la toma de decisiones morales.

El mentiroso corre el riesgo de que sus hijos imiten su conducta, y tarde o temprano su mentira los afecte y destruya a ellos y a los que están a su lado. Por ejemplo, al engañar, traicionar o presentar un mundo ideal: inexistente.
Una de las reacciones del mitómano es  negar su mentira y molestarse cuando se la señalan. El mitómano puede empezar a tomar conciencia cuando  pierde a su esposo(a), a sus hijos o amigos.
Algunas recomendaciones:

  • Enfrentar y confrontar al que miente o confrontarse a sí mismo para tomar conciencia de la realidad.
  • Ayuda espiritual y psicoterapéutica
  • Asumir la responsabilidad de los daños causados a sí mismo y a los demás.
  • Pedir perdón y resarcir en lo posible el daño causado.
  • Dar pequeños pasos para salir de la mentira, por ejemplo, reducir el número de veces que se miente cada día.

Cuando el hombre rige su vida de acuerdo a un código moral y cuanto mejor a la ley divina, ya tiene un norte que le marque el rumbo hacia la auténtica libertad, que es elegir el mayor bien.
No se puede servir a dos amos no se puede ser fiel a un principio moral y enriquecerse de forma ilícita.
El recuerdo de la ley de Dios impresa en el corazón del hombre por convicción, ayuda a mejorar la conducta, es la mejor vacuna contra la mentira.

La persona que ama verdaderamente a Dios no trata de buscar adaptarse a las modas, a su tiempo, a las costumbres, sino a la voluntad de su Creador. A ejemplo de Jesús que viviendo y entendiendo la problemática de su tiempo tenía un solo alimento: hacer la voluntad del Padre.
Santo Tomás Moro canciller de Enrique VIII prefirió morir decapitado, que aprobar las acciones de su rey, acciones que iban contra su conciencia, respondió con su vida a la ley divina sin importarle el precio que debía pagar.
El hombre está llamado a responder a Dios, a sí mismo y a los demás viviendo en la verdad, es decir: en la auténtica libertad.

María Teresa González Maciel