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¿REPRIMES O ENSEÑAS A TUS HIJOS A CONTROLAR SUS EMOCIONES?

La familia es el centro de la educación y formación en la vida de un niño, desde su nacimiento hasta el inicio de la edad adulta moldea su personalidad, sentimientos, emociones y sus habilidades sociales. Es ahí, en donde la mayor parte de las conductas y las reacciones emocionales se aprenden, sobre todo de los padres.

¿Recuerdas la última vez que reprendiste a tu hijo porque lloraba desconsoladamente?, ¿O la vez que lo castigaste porque comenzó a pelear con su hermano?

Educar a los hijos no es solo influir, instruir, orientar y proporcionar habilidades académicas, es también educar su afectividad y éste es un proceso mucho más complejo: es enseñarles a conocer, expresar y a canalizar sus emociones de tal manera que fortalezcan sus relaciones y no que sea de forma contraria.

Las emociones son propias del ser humano, son procesos automáticos que se activan cuando el organismo detecta alguna situación que lo amenaza o desequilibra con la finalidad de activar recursos que impulsan a actuar con rapidez y controlar la situación. Cada persona experimenta las emociones reaccionando física y conductualmente de manera distinta, dependiendo de sus experiencias anteriores, su aprendizaje y de la situación concreta. Pero la mayoría de las veces, se aprenden por observación de las personas que están a nuestro alrededor. Los padres son una pieza clave en el desarrollo afectivo de sus hijos, es decir, del desarrollo de su inteligencia emocional.

Existen básicamente 6 categorías de emociones: miedo, sorpresa, aversión, ira, alegría y tristeza. Se clasifican en positivas o negativas en función de cómo contribuyen al bienestar o malestar, pero, todas ellas son válidas y no son buenas o malas.

Enseñar a controlar las emociones es diferente a reprimirlas: podemos enseñar que el niño aprenda a expresarlas de acuerdo con el momento, la situación y las personas presentes, que aprendan a manejarse a sí mismos con sus estados emocionales.

Desde que Daniel Goleman publicara su libro “Inteligencia Emocional” en 1995, se ha aportado un nuevo marco para educar las capacidades sociales y emocionales en los niños. Se han desarrollado programas efectivos que enseñan a los niños a regular sus emociones. Él demostró que para el desarrollo del niño y su éxito futuro, es tan importante el cociente emocional como el cociente intelectual.

Los niños se irán formando en la madurez emocional a medida que los adultos que los rodean les enseñen las habilidades de aprender básicamente a conocerse, a controlarse y ser empático con los demás. Identificar las emociones implica reconocer las señales emocionales de la expresión facial, sus pensamientos, los movimientos corporales y el tono de voz, etc.

Es necesario que aprenda que las emociones no aparecen porque sí, sin ninguna razón, sino que están asociadas a situaciones concretas que suceden a su alrededor. Cuándo es que se sienten alegres, enojados, tristes, etc.

Una vez que identifica y comprende sus emociones, seguirá enseñarles a expresarlas adecuadamente. Expresar las emociones, es hablar de cómo se están sintiendo y que los demás lo sepan, eso les ayuda a pensar y actuar de la manera más adecuada, ya que al compartir sus emociones se sentirán mejor y encontraran la ayuda de los demás. Los padres debemos propiciar que nos comuniquen cómo se están sintiendo y no invalidarlos con el típico “¡cállate y vete a tu cuarto!”

El siguiente paso será entonces que aprendan las habilidades y estrategias que les permitan regular y controlar sus emociones sin exagerarlas o evitarlas, sino que les permitan disminuirlas y sentirse más calmados.

Con éste manejo apropiado de las emociones les daremos más estructura y seguridad, pues al conocer los sentimientos y emociones que los mueven en toda circunstancia los niños se vuelven dueños de su vida ya que los enseñamos a saber cómo gobernarse a sí mismos.

Son los padres los que deben facilitarles el aprendizaje del manejo de los sentimientos y emociones mediante espacios de expresión, retroalimentación, empatía y aceptación, además de mostrar congruencia a la hora de vivirlos. Por lo tanto el desarrollo de la inteligencia emocional es un elemento indispensable que interviene en el proceso de convertir en personas sanas y maduras a nuestros hijos, además de que ayuda a crear un ambiente familiar propicio para todos sus integrantes.

M.T.S. LIDIA BEATRIZ RAMÍREZ GUZMÁN